miércoles, 13 de enero de 2016

La lección de la abeja

Una de mis metas para este año es caminar al menos cuarenta y cinco minutos al día, ¡por suerte lo estoy logrando! Camino cuarenta y cinco minutos al día y a veces más.

Ayer, salí a caminar por la playa con mi novio y mi sobrina. Como es verano, estaba lleno de turistas y a él se le ocurrió ir por la orilla así podíamos sentir la tibieza del agua. Entonces, con mi Pacer en marcha nos dirigimos rumbo a San Luis. 


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No habíamos caminado más de quince minutos, cuándo siento un pinchazo y al mirar hacia abajo veo un insecto que me camina por la planta del pie. Asustada, lo sacudí y el insecto cayó al agua. Me acerqué para ver qué era y noté que una abejita yacía moribunda en la arena.
La angustia me invadió, ya que, de haber venido mirando el piso, hubiera evitado la terrible situación. Es sabido que las abejas son una parte esencial del ecosistema y de nuestra vida, ya que nos proveen alimentos tales como la miel y propóleos, además de polinizar alrededor de la tercera parte de los alimentos consumidos por los humanos.

Continué caminando hasta sentarme para quitarme el aguijón del tobillo, donde vi los órganos de la abeja y recordé que cada vez que una abeja “pica”, a su vez, muere. Y fue ahí cuando descubrí la analogía: si fuésemos abejas, nos encontraríamos con un gran dilema, tomando a Shakespeare: “picar o no picar”; puesto que si picáramos nos moriríamos y si no picáramos deberíamos buscar la manera de “defendernos” o “escapar” de una situación que nos representara el peligro.



Entonces fue muy claro para mí: cada vez que una persona hiciera un comentario o tuviera alguna actitud que yo pudiera interpretar como negativa, tendría dos opciones: o bien me alejaba de la situación, ya fuera respondiendo de forma positiva o retirándome, o bien le respondía negativamente y comenzaba una discusión totalmente innecesaria. En el primer caso, sé que podría costarme un poco hacerlo, pero a la vez, estaría haciendo un bien; y en el segundo caso, descubrí que estaría muriendo, como la abeja, al querer defenderse clavando su aguijón; ya que bien sabemos que las riñas, las peleas, los gritos y todo aquello que acarrea negatividad, no es bueno para nosotros y tarde o temprano, ese cúmulo de negatividad estaría, por así decirlo, matándonos, como a las abejas.

De ahora en más, trataré de recordar siempre la lección de la abeja para que su muerte no haya sido en vano.

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